Letra E

Me ha desaparecido del ordenador la letra “e”…

Letra E – Policíaaaaaa, ladrones, nos han robado la letra e.

Calla, que nadie dice que nos la hayan robado, he dicho que nos ha desaparecido. Antes, al pulsar la tecla marcada como E en el ordenador, me escribía un símbolo que era la letra con la que puedo escribir España, Emilio, elefante, erizo, etc… pero ahora por mucho que apriete la tecla no aparece nada, por lo que…

– Jubi, me estás engañando, ¿de donde sacas ahora las letras e?

No te engaño, tengo tres opciones todas ellas son un incordio, la primera es copiar la famosa letra de algún sitio y pegarla, el famoso copia y pega.

La segunda opción es utilizar los ilustres, célebres y ahora casi desconocidos caracteres ASCII de tal manera que si pulsamos ALT y simultáneamente en el teclado numérico marcamos 101 ó, 69 obtendremos las letras e ó E.

Y la tercera es utilizar el móvil y trabajar con el.

Hay otra, que es la que voy a emplear dentro de unos días, comprarme un nuevo portátil y olvidarme de este que ya tiene 9 años.

Hay alguna opción más, pero ya veremos.

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24 respuestas a Letra E

  1. Hay otra opción: que te lo arreglen. Al mío le cambiaron el teclado entero hace dos años y quedó perfectamente. Si es solo una tecla la que te falla, quizá tenga un arreglo más simple.

  2. Ester dijo:

    Veo que ya has tomado una decisión, me parece bien, si crees que no es necesario repararlo, Ya nos contarás que tal cuando lo estrenes. Abrazucos

  3. Una opción más sencilla y económica: papel y lápiz.
    ¿No?
    ¿Una tableta de arcilla y una cuña de caña?
    Esa es un poco más compleja, pero imagino que igual servirá.

    Saludos,

    J.

  4. Tawaki dijo:

    Aquí, como tenemos teclados extranjeros, usamos el Alt + para poner los acentos y la ñ. Si ya has decidido cambiar de ordenador, estupendo, pero los teclados inalámbricos son también una buena opción.

  5. jesus dijo:

    Se habrá vuelto “Etérea”

  6. Genín dijo:

    ¿Y no te sale mas a cuenta llevar el PC al informatico y que te lo arregle?
    Tampoco 9 años es tanto, el mio tiene mas…
    Salud

  7. Genín dijo:

    Yo no uso el teclado ni la pantalla de mi portátil, uso una pantalla grande y usaba teclado y ratón inalámbricos, pero me he cansado de las pilas y he comprado uno en Amazon, Logitech, con cable que no molesta en absoluto, por menos de 7€ que va genial!!!
    Salud

  8. Pues nada, cuando cambies el aparatejo ya dirás cómo te va; letra E incluída.

  9. Ligia dijo:

    A mí esas cosas me parecen rarísimas… En las antiguas máquinas de escribir lo entendía, cuando una letra se quedaba “muda”, supongo que en los ordenadores será lo mismo. Pero que haya que cambiar el ordenador por una letra solo tiene narices… Abrazos

  10. Nélcido Chacín dijo:

    Amigo Jubi.

    Te envío un texto titulado “La corrupción me ganó la batalla”, para ver si lo puedes publicar en tu blog. Es difícil porque es un poco extenso, sin embargo, considero que vale la pena. Es una lucha que traigo desde hace casi un año en mi país y no he logrado ni un ápice de efectividad. Las cosas son tan evidentes, pero nadie hace nada. Cuando lo leas te darás cuenta de lo que te digo. Si consideras que no vale la pena, puedes tirarlo a la papelera, pero si te gusta y decides publicarlo, te pediría que le dijeras a tus compañeros blogueros que lo reproduzcan para que la corrupción no quede impune. Asumo lo que dispongas. Ando un poco descorazonado. Quiera Dios que pase la prueba y pueda leerlo en tu blog. Es de mi autoría plena y asumo todo lo que en él afirmo con total fundamento y libertad. Y te lo envío por esta vía porque no veo de qué otra manera pueda hacerlo. Supongo que lo estoy haciendo mal y de antemano te pido perdón, pero, la verdad, no sé cómo hacerlo. Ya veré cómo hago para pasarte la foto.

    Mi nombre es Nélcido Ángel Chacín Fernández. C.I.V.: 7-709.598. Teléfono: 0426-164.04.12. Tengo 58 años de edad y soy venezolano. Vivo en Maracaibo, capital del estado Zulia. Trabajé en la Imprenta del Estado Zulia desde el 21 de agosto de 2016 hasta el 8 de noviembre de 2018. Anexo te envío la foto de la última impresora sustraída como prueba fehaciente de lo que voy diciendo. Serviría para graficaría el valor sacramental de la máquina. Si decides no publicarlo por su extensión o por lo que sea, igual seguiré frecuentando tu blog y disfrutando lo que en él publicas. Gracias, muchísimas gracias.

    La corrupción me ganó la batalla

    Cuando comencé a preparar la denuncia sobre los robos formidables y la corrupción que campea en la Imprenta del Estado Zulia, siempre pensé revelar mi identidad sólo cuando tuviera al frente al gobernador Omar Prieto o al secretario de gobierno, Lisandro Cabello. Si no lo hacía de esa manera, la directiva, en un arranque de desesperación, podría mandar a agredirme físicamente para silenciarme. No sería el primero al que descalabran para sacarlo del juego. Eso, en el argot policial, también se llama ajuste de cuentas.

    Hablé con buena parte de los trabajadores y todo lo que me iban diciendo lo iba reflejando fielmente en el informe que elaboraba a escondidas y en tiempos perdidos de trabajo. Diariamente le iba sumando datos, hasta que tomó forma definitiva. Acumulé pruebas, unas que extraje del correo del SAIEZ, y otras –fotos- que me cedió un amigo que, desde el anonimato, se ha mantenido atento al curso de los acontecimientos. Tenía el corazón en un hilo por la magnitud del problema en que me estaba metiendo y por la indignación que me producía saber que llevaban tanto tiempo robando y no había quién hiciera algo para combatir tanta podredumbre. Me preocupaba también mi familia, porque cuando no pueden con uno, se van por donde más dolor puedan causar. Alguien tenía que hacer algo, y me tocó a mí. Alguien tenía que ponerle el cascabel al gato. Alguien que no sabía si decir sí o no, porque las circunstancias lo fueron llevando por ese sendero sin ofrecerle otra opción. Aunque en realidad, quien me ha llevado por este camino ha sido Dios, porque de otra manera ya habría sucumbido al agotamiento, al descorazonamiento y a la desesperanza. Además, sin ánimo de sacralizar la realidad, su presencia ha sido incuestionable y diáfana. Podría dudar de cualquier cosa, menos de eso.

    Así, con ese miedo, esa certeza y ese entusiasmo, arranqué la batalla apoyado en un grupo de trabajadores que se alegraban en silencio cada vez que les llevaba noticias, porque no tenían acceso a internet ni en sus casas ni en la imprenta. En ocasiones se alegraban y en otras torcían la cara obligados por el miedo y el desaliento. “Mejor dejar las cosas como están porque podemos terminar todos botaos. Déjenlos que roben porque ellos son los jefes y nada les va a pasar. Si lo hacen tan tranquilamente es porque están apoyados por los de arriba”. Entendí entonces que a veces es mejor hacer silencio que llegar a casa sin nada bajo el brazo y sin esperanza de encontrar algo mejor. También pequé de soñador al desestimar ese miedo y dejarme llevar por el entusiasmo primigenio.

    Pensando en lavar los trapos sucios en casa para evitar un escándalo innecesario, acudí a un medio de comunicación cercano al Gobierno, y me dijeron que no. Acudí a un medio de comunicación de la oposición, y se autocensuraron. La corrupción les mostró los dientes y se asustaron. ¡Qué vergüenza! Después busqué a un representante del gabinete regional, que es –o era- mi amigo personal, y al saber de qué se trataba, jamás volvió a darme la cara. Intenté con el entonces director de prensa de la Gobernación, y tampoco se pudo. Detrás tenía a un gentío aconsejándome: “Deja eso así. Esas cosas no prosperan. No te metas en ese lío. Déjalos que roben porque aquí todo el mundo roba y ellos no se van a corregir”. Ya de entrada llevaba las alas caídas, sin embargo, la esperanza me hacía un juego bien extraño: cuando todo se volvía oscuro y parecía que nada iba a funcionar, surgía una inquietud mínima que sin palabras ni aspavientos me sembraba una pequeña ilusión y me avivaba el entusiasmo. Siempre ha sido así en este caminar.

    Ahora, casi un año después de tanta lucha, he quedado solo porque mis compañeros sucumbieron a la presión de los jefes y dijeron que quien estaba detrás de la denuncia era yo. Cuando la denuncia comenzó a aparecer en el único medio de comunicación digital que nos tendió su mano –afortunadamente el más leído-, la directora de ese organismo, acompañada del subdirector, del gerente de bienes (un auténtico Alí Babá), de la administradora (su cómplice), y de un abogado adulador, llamó a reunión a los trabajadores y les anunció que al día siguiente solicitaría al Ministerio Público una acción penal por difamación y pediría se aplicara todo el peso de la ley al responsable de semejantes acusaciones. El abogado adulador se sumó y dijo que un equipo de funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC), interrogaría a cada uno y no descansaría hasta dar con la verdad. Ese procedimiento podría durar incluso meses y quién sabe si al final se reflejaría en los antecedentes penales de cada uno. Así que lo mejor era cortar por lo sano y revelar la identidad del culpable. Cuando la directora se retiró a su oficina, detrás de ella se fue uno de los mejores trabajadores, y le contó todo. El susto se le salía por los ojos y la duda lo traicionaba. Detrás de él entró otro que hasta ese momento yo tenía en gran estima por su capacidad de trabajo. No tenía ni idea de que perteneciera al Clan de los Pilluelos. El primero cuidó su trabajo por encima de la amistad, lo cual es comprensible, y el segundo se fue de bruces inducido por el interés. Tanto tiempo trabajando juntos y nunca me preocupé por saber por qué algunos lo llamaban “Trapito”. Siempre pensé que obedecía a su desempeño, pues es el encargado de la limpieza.

    Minutos después estaba yo escuchando la cadena de insultos que me propinaba la directora. ¿Para qué decir lo que me gritó? Por higiene mental no vale la pena hacerlo. La mujer tan moderada, educada y equilibrada, acababa de perder la compostura y ahora era un amasijo de ira. La verdad, debo decirla: me gustaba verla así, echando chispas y mostrando su personalidad real. Yo, por supuesto, ni abrí la boca y aguanté paciente aquel chaparrón de ofensas. Para finalizar me envió como castigo a un departamento de la Biblioteca Pública del Estado a “vegetar” en un espacio sin aire acondicionado, sin computador y sin internet. Afortunadamente allá conocí a gente excepcional y, a pesar de la precariedad, me sentí más a gusto que en la imprenta. Allá también pude leer suficiente sobre la historia de la imprenta en el Zulia y descubrí el valor histórico de la impresora que en el mes de abril ella y sus secuaces sustrajeron. Ahora poseía más argumentos y sentía el espíritu renovado. Ocho días después, el 8 de noviembre, cuando el amigo periodista publicó el caso de los familiares de ella que cobran sin trabajar, en otro arranque de ira, me despidió aduciendo la ley contra el odio, la discriminación, la xenofobia, la convivencia pacífica, la intolerancia y cualquier otra cosa. Las abogadas de la OCP (Oficina Central de Personal) de la Gobernación, le ofrecieron su hombro solidario para que descansara su espíritu golpeado por la calumnia. Es decir, que en la Imprenta trabajaba Jack El Destripador y la directora no se había dado cuenta sino hasta el día en que amenazó con comerse sus entrañas. Y si soy una persona tan peligrosa, tan odiosa y tan desalmada, ¿por qué carrizo no me denunció y ordenó mi detención inmediata? Una persona con tales características no puede andar libre por la calle como Pedro por su casa; es un peligro para la sociedad. Una simple llamada al Gobernador, al secretario de Gobierno o al Jefe policial, y ya estaría yo tras las rejas. Ella es una Directora y yo un simple ciudadano venezolano que cree en el poder popular y vive en una democracia protagónica y participativa.

    A pesar de los insultos y la histeria, yo seguí con la denuncia. En ningún momento he descansado. Ella ha tenido que tragar grueso y dejar la denuncia ante el Ministerio Público para otra oportunidad porque si lo hace la única persona que saldría perjudicada sería ella. ¡Las cosas que se descubrirían si el MP realizara una investigación verdadera! Qué bueno sería, pero no lo harán. Sus aliados moverían sus tentáculos y lo impedirían. Además, Prieto podría pensar que algo raro ocurre con la Imprenta y comenzaría a hacer preguntas cuyas respuestas saldrían todas del mismo foso: la corrupción. El miedo les quita el sueño.

    Las irregularidades en la Imprenta son alarmantes y van desde la pérdida de papel a gran escala, desaparición de equipos de computación y bienes muebles, nómina anónima y el robo de cinco máquinas de inestimable valor propiedad del Estado. En máquinas similares a estas, pues datan de la misma época, el francés Andrés Roderick imprimió “El Correo del Orinoco”, el primer periódico de Venezuela, y “El Correo Nacional”, el primer periódico del Zulia, y muy probablemente en ellas se haya impreso parte de la revista “El Zulia Ilustrado”, la primera revista de Venezuela y la primera publicación periódica venezolana que reprodujo imágenes fotográficas y fotograbado. Esta revista fue editada a finales del siglo 19 en la ciudad de Maracaibo y fue creada por el periodista marabino Eduardo López Rivas, con el objeto de dar a conocer el estado Zulia en Venezuela y en el exterior. El primer número apareció el 24 de octubre de 1888, para conmemorar el centenario del nacimiento del General Rafael Urdaneta. Ahí está la gravedad del asunto. Estamos hablando de un robo incalculable a la nación, una profanación a la historia venezolana, un agravio a la zulianidad y un irrespeto a la conciencia ciudadana. La gaita de Germán Ávila lo describe mejor que yo: “Mudo testigo de aquella generación, con gran dolor, dando paso al futuro…” En este caso está en juego no sólo el arraigo por la tierra que nos sostiene, sino la historicidad que le consagra a estas máquinas el sentimiento de lo vivido y haber sido partícipes de aquel presente glorioso. Si el gobernador Prieto se diera cuenta quedaría impactado por tanto horror y descaro. Le quedaría claro algo que, al parecer, no ha terminado de asimilar: que a los corruptos no les interesa su gestión, ni el país ni nada. Que los tiene ahí mismo, vestidos de rojo rojito para llamar la atención, y se ríen de él cuando da la vuelta; que lo único que les importa es llenarse los bolsillos a costa de lo que sea. Aunque hay quienes sostienen que el Gobernador conoce esta situación, pero no puede hacer nada por acuerdos políticos, alianzas y compromisos de partido. Habría que ver dónde comienza la verdad y dónde termina el rumor. Lo cierto es que él es el Gobernador y está obligado a luchar contra la corrupción. “Muéstrame tu fe sin obras, que yo por mis obras te mostraré mi fe”.

    Esto es para que vea hasta dónde son capaces de llegar: en el transcurso de una semana, del miércoles 11 al miércoles 18 de Abril de 2018, comenzando la gestión de Prieto, los directivos del SAIEZ desmantelaron y desaparecieron la máquina impresora más grande, costosa e impresionante de todas las que se hallaban en el taller de operaciones. Estaba instalada allí desde mediados del siglo XIX y era la única que imprimía dos colores (bicolor) a la vez, y, según los trabajadores más antiguos, todavía en 2010 funcionaba a cabalidad. Últimamente se encontraba en desuso por falta de piezas que el Gerente de Bienes hurtaba asiduamente. Debía medir cerca de 2 metros y medio de alto por 3 de largo y 1 de ancho. Era de fabricación alemana (ORIGINAL HEIDELBERG EINFARBEN OFFSET) como todas las que se hallan y las que fueron sustraídas de este recinto. Aunque últimamente no se utilizaba, superficialmente se encontraba en perfecto estado. Impresionaba por su tamaño, su valor histórico, su tecnología y su capacidad. Si le faltaban algunas piezas, lo lógico era que las adquirieran o, al menos, gestionaran su arreglo, pero nunca se hizo por desamor y por interés malsano. Se dice que fue vendida a una litografía ubicada en la calle Carabobo (centro de la ciudad), a la que le fueron cedidas otras máquinas, no se sabe bajo qué excusa ni por cuál cantidad de dinero. Por supuesto que antes la desincorporaron y, al igual que en anteriores ocasiones, cumplieron la normativa reglamentaria. Sin embargo, ahí están las fotos que prueban la gravedad del robo.
    En referencia a esa impresora, la directora dijo en una oportunidad que el exgobernador Arias Cárdenas le sugirió “salir de esas máquinas viejas y adquirir otras de tecnología avanzada para colocar la Imprenta a la vanguardia”. “Incluso, si quieres, puedes venderlas como chatarra, a ver cuánto te dan por eso” –le dijo. El exgobernador seguramente nada sabía de imprentas o máquinas impresoras, pues de otra manera no habría hecho una sugerencia tan desafortunada. Sin embargo, la directora que sí conoce el valor de esta maquinaria, le tomó la palabra y salió de cinco máquinas en seis años, la última en tiempos de Omar Prieto. Le sobró interés y a cambio le faltó sensibilidad humana e intuición sacramental. No sabe –o no quiere saber- que esas cinco máquinas, consideradas por ella y los suyos como trastos viejos, poseen un valor evocador de infinita añoranza: evocan la solidez de los valores de aquella época gloriosa y la grandeza de aquellos ciudadanos. Rememoran viejas hazañas, largas vigilias, afanes, propósitos y las mismas ansias de libertad que hoy perviven en nosotros. En otras palabras: esas máquinas son señales que contienen, exhiben, rememoran, visualizan y comunican una realidad –una época- distinta a la nuestra, pero presente en ellas. Por eso se debieron haber conservado como un tesoro inapreciable. La última vez que funcionaron acabó su vida útil y comenzaron a vivir su vida sacramental en nuestra historia, en nuestra tradición. Dejaron de ser objetos y se convirtieron en sujetos. Si no fuera así nuestros poetas y cantores no lamentarían, en representación nuestra, la demolición del barrio El Saladillo, la muerte del viejo Matapalo y la extinción de tantas tradiciones. Con la desaparición de ellos ha muerto algo de nosotros mismos porque ya no son simples cosas; son sacramentos de nuestra vida social y familiar, de nuestra identidad zuliana y de nuestra determinación venezolana. Cuando se valoran estas cosas, surge entonces la patria, que es algo más que la extensión geográfica del país; aparece el terruño que nos vio nacer y es más que la fracción de tierra del estado; y emerge la ciudad natal, que es más que la suma de sus casas y de sus habitantes. En todo esto habitan valores, moran espíritus buenos, se delinea el afecto, se aquilata la conciencia ciudadana y echa raíces el sentido de pertenencia. Este pensamiento hace que los caminos que andamos, las iglesias que visitamos, los hospitales que frecuentamos, el puente que admiramos, el lago que baña nuestra apego, las casas que habitan nuestros vecinos y las personas que crean nuestra convivencia, no sean simplemente personas, casas, lago, templos y caminos como otros del mundo. Son únicos e inigualables. Son una parte de nosotros mismos. Por eso estas máquinas y todo lo que constituye la tradición adquiere una valoración incalculable y preciosa.
    Las evidencias desenmascaran la realidad y obligan a rendir cuentas. Las fotos de la última impresora no aceptan engaños: si la vendieron para repotenciar otras, al menos habría una razón, pero al Saiez nunca ingresó dinero por ese concepto ni por muchos trabajos que se han venido realizando a particulares. Si la vendieron como chatarra habría que ver cuánto dinero pudieron recibir por ella, pues se trata de una impresora que pesa por lo menos cuatro toneladas y es de hierro puro. Los colombianos que compran hierro por kilo en Maracaibo no habrían desperdiciado esa dádiva. Habría que averiguar que hicieron con ellas, porque si algo hay cierto es la ausencia de esas máquinas. El taller del Saiez antes era un bosque de máquinas, ahora, desde cualquier punto se puede observar el horizonte. Salieron de las máquinas, irrespetaron la ciudad, pisotearon la historia y las autoridades no se habían enterado.
    Además de esta impresora, hay otras cuatro máquinas que igualmente desaparecieron durante la última gestión de Arias Cárdenas. Incluye dos guillotinas industriales, una encuadernadora industrial y una rotuladora también industrial, todas con una antigüedad de casi doscientos años. En algunos casos se llevaron las piezas por partes, quizás para hacer menos evidente su actuación. Un día desaparecían los motores, otro día alguna pieza superficial, y así sucesivamente, hasta que se llevaban todo. En cierta oportunidad un trabajador intentó encender una guillotina industrial que justamente había utilizado el día anterior y, al ver que no respondía, averiguó y descubrió que le faltaba el motor. Acudió alarmado ante la directora para formalizar la denuncia y pedirle que solicitara la intervención del CICPC, del Ministerio Público o de la Policía, pues los robos se hacían cada vez más frecuentes y alarmantes, pero ella se negó a hacerlo. Según ella, la presencia de los funcionarios en las instalaciones estropearía el ambiente de trabajo, crearía angustia e incomodaría al personal. ¡Qué incoherencia: las investigaciones crearían incomodidad, pero los robos constantes no! Ese mismo día los trabajadores descubrieron que el robo había sido cometido por el Gerente de Bienes para cubrir un apuro económico. El hecho desató una fuerte conmoción entre el personal, sin embargo, no se hizo justicia, pues la máquina fue finalmente vendida a algún desconocido y el Gerente sigue robando sin control desde el mismo cargo.
    En esa misma reunión, la directora dijo que tanto el Secretario de Gobierno, Lisandro Cabello, como la directora de la Oficina Central de Personal (OCP), le ofrecieron su respaldo y le expresaron que no se mortificara por lo que andaban denunciando por ahí, pues ellos bien la conocían y sabían que nada de eso era verdad. Que no se preocupara; que a ella nada le iba a pasar. Entonces las preguntas emergen espontáneas: ¿De dónde surge esa actitud del hombre de confianza del gobernador Omar Prieto? ¿Por qué descarta cualquier posibilidad de examinar la gestión de una directora que podría haber incurrido en irregularidades? Ni siquiera acepta la posibilidad de pedir información para andar sobre la verdad. ¿Qué tan inmaculada, honesta y transparente ha de ser una persona a la que se le entrega un cheque en blanco de confianza plena? ¿De dónde proviene tanta confianza? El caso es que ahí están los cinco espacios donde se hallaban las cinco máquinas Patrimonio Histórico de la Nación -pues databan de mediados del siglo 19-, y hasta ahora nadie ha aclarado cuál ha sido su paradero. En caso de ser falsa la afirmación de la directora, el secretario de gobierno tendría que emitir una aclaratoria que despeje dudas y salve su responsabilidad. La directora de la OCP también tendría que aclarar su presunto respaldo.
    Finalmente, de tanto ir y venir sin lograr nada, en diciembre pasado me decidí e introduje la denuncia por mi cuenta, pero fue una auténtica decepción. Guardaba la esperanza de que el Ministerio Público iniciara una investigación formal, pero no fue así. Supongo que hubo una llamada, quién sabe de qué instancia, y la denuncia se quedó en el simple anhelo. La funcionaria que me atendió me dijo que la actuación de la directora estaba ajustada a la legalidad porque esa máquina no era patrimonio histórico y ella podía desincorporarla cuando le diera la gana y hacer con ella lo que quisiera, porque era “un bien cualquiera” del Estado. Dijo que no sólo esa impresora, sino cualquier otro objeto, para ser Patrimonio Histórico, tendría que haber sido reconocido a través de un decreto y no por una ocurrencia mía. Intenté decirle que no se trataba de cualquier mueble, aparato o herramienta, sino de una máquina centenaria que para proceder a su desincorporación o negociación, las autoridades regionales debieron estar en conocimiento, pero me respondió con un regaño: “No tengo la culpa, señor, de que usted no quiera entender: la ley es la ley, y lo que se salga de ahí no tiene cabida”. De un plumazo ahogaba el espíritu y asesinaba el futuro. No entiendo qué diferencia puede haber entre una profesional del Derecho de este nivel con una periodista que roba sin control, con un médico que se niega a reconocer a un paciente porque no tiene dinero para pagar la consulta, y con un cura que viola niños. ¿Cuál será la diferencia? ¿Será que mis palabras son crueles o cruel es el proceder de los corruptos y los mediocres? La justicia se hizo para el hombre, no el hombre para la justicia. La conciencia tiene la última palabra. Que hable desde la humanidad dolida.
    Entonces me retiré decepcionado. Corrijo: me retiré descorazonado. Esa instancia parecía una antigua prefectura y la abogada asistente parecía de cualquier nacionalidad, menos venezolana. Tendría que dolerle esto para comprender que la ley no es simple letra escrita, sino espíritu vivo; que la pasión, la creatividad y la decencia deberían distinguir su quehacer profesional; y en su oficina la gentileza, la pedagogía, la ternura y la cordialidad deberían estar sobre el cansancio o la monotonía. ¿Para qué decirle que en caso de que la negociación hubiera estado justificada, el dinero proveniente se pudo haber empleado para la repotenciación o reparación de otras máquinas que ameritan cuidado, pero tampoco se utilizó para ello? A cambio los trabajadores tienen que llevar kerosene y grasa de su casa para limpiar los rodillos y aceitar los engranajes. Quién sabe hasta qué nivel se habría molestado si le hubiera dicho que con ese dinero se pudo haber arreglado la cancha de un colegio, se pudieron haber construido por lo menos cuatro aulas, o se pudo haber dotado de implementos y uniformes a varios equipos de futbol o béisbol infantil. ¿Será que hubo una llamada que cambió el curso de los acontecimientos? ¿Y su moral, su ética y su dignidad? ¿O será que la llamada la recibió su jefe, el Fiscal, y le dio instrucciones para que actuara de esa manera? Ahora soy un mar de dudas.
    ¿Para qué hablar de la nómina anónima, de las irregularidades que contaminaron al periódico digital “Correo del Lago”, de la venta de las bolsas de comida, de la camioneta aquella que estrenaba cauchos, baterías y piezas cada quince días porque se dañaban o “alguien” las robaba y había que adquirirlas nuevamente? ¿Qué decir del microondas, de las pilas de tinta, de las resmas, de las sillas y de tantas cosas que se han llevado? La Imprenta del Estado Zulia es hoy por hoy un mamotreto que se levanta sobre la corrupción.
    No hay forma de llegar al gobernador Omar Prieto, al Fiscal General, ni al presidente Maduro. Ya no lo sigo intentando. Los dejo tranquilos. Yo ya hice mi parte. Me retiro cabizbajo, derrotado, vencido. Que sigan robando, como dicen mis amigos. Tranquilos que aquí nada va a pasar. Pueden hacer lo que quieran. Sospecho que ahora que poseen pruebas sobre quién está detrás de la denuncia, actuarán contra mí y me denunciarán por difamación. Supongo que la justicia en ese caso funcionará y mandarán por mí. Pueden hacerlo. Estoy resignado.
    P.D: Antes de retirarme elaboraré un informe en el que deje constancia de las irregularidades que se han registrado en el Saiez, y lo regaré por la internet para que todo el mundo conozca la verdad. Así, los que en el futuro estudien la historia de la Imprenta y de las artes gráficas en el Zulia, sabrán que la Imprenta del Estado, donde se realiza la Gaceta Oficial del Estado Zulia, fue saqueada por la directiva que rigió de 2012 a 2019; que desaparecieron cinco máquinas patrimonio histórico de la nación y nadie dijo nada. Tantos oídos se hicieron sordos y tantas conciencias voltearon a mirar a otra parte. Algún autor diligente lo encontrará en la red y lo incluirá en sus investigaciones. Se conocerán los nombres de los responsables, los cargos que ocupaban y el contexto en el que se movían. “Si todas esas lenguas pudieras arrancar, hasta las piedras querrían hablar”.

  11. Nélcido Chacín dijo:

    Amigo Jubi.

    Te envié el texto y se publicó como un comentario. La intención era que se publicara como un artículo. Ahora no sé qué hacer. Creo que te embasuré el blog. Tampoco sé cómo pasarte la foto. Voy a intentar de otra manera. Si al menos tuviera tu dirección de correo. Si no, prefiero que eches todo a la papelera.

  12. Nélcido Chacín dijo:

    Por favor, dame tu dirección de correo y borra lo que te acabo de pasar. ¡Qué vergüenza!

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